67. No hay culpa, no hay arrepentimiento
El canto de las aves llega a mis oídos, además del sonido de los aspersores que riegan el césped cada mañana, siento los músculos de mi cuerpo algo entumecidos y curiosamente mi cabeza parece subir y bajar con suavidad, poniendo atención mi mejilla se siente muy tibia; abro los ojos poco a poco, lo primero que noto es piel, piel firme y bronceada, los recuerdos me sacuden la cabeza, las imágenes de anoche se cuelan sin permiso, muevo la cabeza lentamente para ver arriba, ahí está él.
Stefan du