El silencio entre ellos no era cómodo. Nunca lo había sido. En esa habitación del futuro, con las cortinas apenas dejando pasar la luz de una ciudad que seguía viva sin ellos, Rous sintió el peso de todas las versiones de sí misma chocando al mismo tiempo. El cuerpo que habitaba era el suyo, sí, pero no del todo. Era su rostro, sus manos, su voz… pero la memoria que latía detrás de los ojos no correspondía a ese presente.
Caleb la observaba desde el otro lado de la cama. Ya no había prisa en él, tampoco furia inmediata. Había algo peor: atención. Esa atención peligrosa que solo aparece cuando alguien sabe que está frente a una verdad que puede romperlo todo. —Dijiste que no eras la misma —dijo él por fin—. Dijiste que algo en ti estaba… fuera de lugar.
Rous apretó los dedos sobre la sábana. Durante unos segundos pensó en mentir. En decir cualquier cosa menos la verdad. Pero el problema con Caleb era que siempre olía la mentira, incluso cuando quería creerla. —¿Si voy a decirte esto? —