El joven seguía ahí, de pie, con el hábito puesto como si fuera una segunda piel. No se movía, no parpadeaba de más, no mostraba prisa. Eso era lo que más le inquietaba a la madre superiora. No tenía la actitud de alguien que venía a pedir permiso, sino de quien ya lo había tomado y estaba dispuesto a cumplir con su cometido.
—Lo entiendo, madre —repitió, con una calma que rayaba en lo ofensivo—, pero no puedo irme todavía. Como se lo he dicho, el santo padre ha enviado por usted.
Su voz salió