La Santa Tortura

El joven seguía ahí, de pie, con el hábito puesto como si fuera una segunda piel. No se movía, no parpadeaba de más, no mostraba prisa. Eso era lo que más le inquietaba a la madre superiora. No tenía la actitud de alguien que venía a pedir permiso, sino de quien ya lo había tomado y estaba dispuesto a cumplir con su cometido.

—Lo entiendo, madre —repitió, con una calma que rayaba en lo ofensivo—, pero no puedo irme todavía. Como se lo he dicho, el santo padre ha enviado por usted.

Su voz salió grave, controlada, con un fondo vulgar que no encajaba con el lugar. No era la voz de un muchacho de iglesia. Era la voz de alguien acostumbrado a obedecer y ejecutar órdenes y a cumplirlas sin hacer preguntas.

La madre lo observó con más atención esta vez. Algo en sus ojos la incomodó de inmediato. No había devoción ahí. No había fe. Había cálculo con olor podrido a peligro. —Se lo he repetido que es tarde —dijo ella, marcando cada palabra—. Ya no podemos continuar con esto, considero que esta
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