La sonrisa de Perla se transformó en un gesto de pura y absoluta certeza. El roce de sus dedos había encendido la chispa; ahora, ella era la que iba a avivar la hoguera. Sin apartar la mirada de los ojos de Caleb, se deslizó como una serpiente de ámbar y sombra, moviéndose con una lentitud deliberada que era más tortuosa que cualquier carrera.
Se arrodilló frente a el sobre la cama dejando expuestos sus labios como un anticipo de lo que quería provocar ante el cuerpo grueso entre las piernas de Caleb, su cuerpo desnudo un lienzo que la luz de la luna parecía pintar con urgencia.
Luego, con una agilidad felina, pasó una pierna por encima de su torso, estacionándose sobre él, pero no donde él anhelaba. Se acomodó sobre su abdomen, sintiendo la tensión de sus músculos, el calor de su piel que ya ardía en anticipación. El contacto de sus glúteos contra su vientre fue un sismo silencioso que recorrió todo el cuerpo de Caleb.
—¿La sientes? —susurró Perla, su voz en un jadeo cerca de su oído