La sonrisa de Perla se transformó en un gesto de pura y absoluta certeza. El roce de sus dedos había encendido la chispa; ahora, ella era la que iba a avivar la hoguera. Sin apartar la mirada de los ojos de Caleb, se deslizó como una serpiente de ámbar y sombra, moviéndose con una lentitud deliberada que era más tortuosa que cualquier carrera.
Se arrodilló frente a el sobre la cama dejando expuestos sus labios como un anticipo de lo que quería provocar ante el cuerpo grueso entre las piernas de