Fue en ese momento cuando Rous sacó el arma. Su mano no tembló ni un instante. No dudó ni un segundo. La levantó y apuntó directamente a Perla, que se quedó paralizada, con el miedo borrando de golpe toda la soberbia que había traído a la mansión minutos antes.
—¡Da un paso más! —le advirtió Rous a Caleb, sin apartar la mirada de él— y le hago un agujero en la frente a tu arrastrada perra insolente.
Caleb se detuvo en seco. Su expresión se endureció al instante. Estiró el brazo, tratando de cubrir a Perla con su cuerpo, como si eso pudiera detener lo que ya se había descontrolado. Como si pudiera contener la rabia de Rous.
—Baja eso —ordenó Caleb, serio, sin alzar la voz—. No sabes lo que estás haciendo. Esto puede salir muy mal. Te puedes llegar a arrepentir.
Rous soltó una risa corta y amarga. No era burla, era rabia acumulada. Algo en su mirada estaba roto, rasgado, como si por dentro ya no quedara nada entero. Su alma llevaba tiempo agrietada y ese momento fue el empujón final.
—C