Fue en ese momento cuando Rous sacó el arma. Su mano no tembló ni un instante. No dudó ni un segundo. La levantó y apuntó directamente a Perla, que se quedó paralizada, con el miedo borrando de golpe toda la soberbia que había traído a la mansión minutos antes.
—¡Da un paso más! —le advirtió Rous a Caleb, sin apartar la mirada de él— y le hago un agujero en la frente a tu arrastrada perra insolente.
Caleb se detuvo en seco. Su expresión se endureció al instante. Estiró el brazo, tratando de cub