Ya estaba lista para acompañar a Iván. Me aplico un labial y dejo que el perfume se asiente en mi piel, deslizándose frío sobre mi cuello antes de volverse cálido, casi envolvente. Respiro hondo frente al espejo, observando el rojo en mis labios, demasiado vivo, demasiado decidido para alguien que no termina de estar segura de nada, pero…
—Te ves bien, pequeña flor. Siempre diré que el rojo es tu color. ¿Estás nerviosa, hija?
Mi padre, recostado sobre el marco de la puerta, extiende una sonrisa