Un poco de agua en la nuca y en los brazos la refrescaría lo suficiente hasta llegar a casa de Kamus. Así no realizaría ninguna arriesgada, pero excitante, maniobra en el auto durante el camino, que sospechaba se le haría eterno.
Kamus seguía sentado a la mesa, con una cara que le llegaba hasta el suelo. No creyó que fuera por lo elevada de la cuenta.
—¿Pasó algo?
—Te llamó tu ex.
¿Cuál ex?, pensó de inmediato. Casi lo dijo. Por fortuna su cabeza fue más rápida.
—¿Y qué quería?
—¿Cómo podría s