Aferrando en la mano su rosario, Anahí se reunió a almorzar con Alfonso. Llegó a la mesa que habían reservado en el restaurante, pero no se sentó. Mantuvo una prudente distancia, observándolo con aprensión.
—Buenas tardes, Anahí. Te ves asustada, ¿todo está bien?
—No lo sé, dímelo tú.
—Pues, la caída de Xiamsung es inminente, ya no se amontonan los periodistas fuera de mi casa luego de que llamé a la policía y tampoco me siguieron hasta aquí hoy. Creo que todo está relativamente bien.
—¿Sólo es