La montaña era implacable. El viento helado cortaba la piel como cuchillas, y la nieve acumulada hacía que cada paso fuera una lucha. Ariel y Carlo llevaban dos días subiendo, sin apenas descanso, impulsados por una desesperación que no conocía límites.
—¿Estás seguro de que es por aquí? —preguntó Carlo, jadeando mientras se aferraba a una roca para no resbalar.
—Es lo que me dijeron —respondió Ariel, su voz ronca por el frío y el esfuerzo—. La bruja blanca vive en la cima. Es la más allegada a