Capítulo 18 También puede.
Damián abrió los ojos al día siguiente.
Parpadeó, desorientado, mirando el techo de su habitación. Su cuerpo le dolía. Su mente estaba nublada. Pero lo peor era el vacío. Ese vacío frío y punzante que sentía en el pecho.
—¿Damián? —la voz de Selene llegó desde algún lugar—. ¿Estás bien?
Giró la cabeza lentamente. Selene estaba a su lado, con el rostro pálido y los ojos hinchados. Había estado llorando.
—¿Qué pasó? —preguntó, su voz rasposa.
—Tuviste un accidente —dijo Selene—. Saliste corriendo