Minutos más tarde.
Tras transitar por las vía oscuras que nos separaban de la propiedad, permanecí en silencio mientras él conducía. Tristán también se había sumido en el silencio momentáneo, hasta que sintió mi escudriño y sonrió, y luego giró a verme.
—¡Tienes que estar atento a la carretera, podemos chocar o irnos por el despeñadero! —él soltó una carcajada estruendosa. —¡No veo el chiste! —reñí.
—Relájate, para nosotros no es tan fácil mo… —su boca no terminó la oración.
—¿No es tan difíc