Adrián
Mientras sostenía a Victoria, aún resonaban en mi mente sus palabras sobre Tristán. Me hervía la sangre. Los celos eran una sombra rabiosa que trepaba por mi pecho, pero los contuve. No era el momento de pensar en mí, ni en mi orgullo herido. Ella estaba sufriendo, y mi deber era protegerla.
Luego de llegar al refugio de mi clan: un sitio oculto entre la espesura, alejado de todo lo humano, seguro de las miradas ajenas.
La tomé entre mis brazos con urgencia, había perdido el conocimiento