Me había entregado por completo a los entrenamientos y la meditación; esta vez no podía darme el lujo de perder. Arturo había ganado una batalla, pero no ganaría la guerra.
—No has descansado —interrumpió Cristian mis prácticas.
—Me siento mejor cuando entreno, por lo menos me ayuda a no pensar.
—Volver a ver a esa mujer te ha desequilibrado. Esa es muy mala señal–manifestó refiriéndose a Victoria.
—No Cristian, ella no me desequilibra, todo lo contrario; Victoria es la cura.