Todo sucedió tan rápido que apenas mis ojos lograron captar cómo aquel hombre se lanzó sobre una de esas criaturas. Con un cuchillo que sacó ágilmente de su chaqueta, le cortó el cuello de un solo movimiento. Cristian no se quedó atrás; había saltado desde el piso donde estábamos hasta la sala, atrapando a otra de esas bestias, de cuya espalda comenzaban a brotar espinas. Con la destreza de un acróbata, ejecutó una serie de piruetas y, en un instante, de la punta de su bota emergió un afilado c