Mientras Bella se llenaba de dudas, Pedro ya había entrado en la habitación.
Llevaba una camisa negra, diferente a su habitual pulcritud; tenía dos o tres botones desabrochados y la camisa por fuera de los pantalones. Su rostro lucía algo demacrado y sus labios estaban ligeramente pálidos.
—¿Bella, ya despertaste? —preguntó Pedro, su voz sonando más ronca de lo habitual, como si no se sintiera bien.
Bella, al mover un poco su cuerpo, sintió que todo daba vueltas y un asco repentino la invadió. C