Moverme me cuesta, pero ya no resulta una tarea casi imposible como al principio, pues la ventana abierta es de mucha ayuda y me ha ayudado a recuperar algo de agilidad y fuerza. Logro mover mi otra pierna y subirme a horcajadas sobre él. Ahora sí noto que está tenso, pues sus manos rápidamente vuelan a mis caderas y aprieta con fuerza sin que resulte doloroso. Pero el maldito sigue sin verme. Necesito que me vea, ni siquiera sé para qué.
Aunque, pensándolo bien, no es una muy buena idea, pues