Jennie Frost
—«Conoce a mi esposa.»—
Esas tres palabras no dejaban de resonar.
Se aferraban a mí entre los flashes, entre el enjambre de cámaras, entre la forma en que la multitud se abría como si, de repente, me hubiese convertido en otra persona—alguien intocable.
Me condujo por todo aquello, mano firme en la parte baja de mi espalda, hasta que llegamos al salón privado. Cuando abrió la puerta del baño, entré primero yo y la cerré detrás de los dos.
Por un momento, ninguno de los dos habló. M