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Capítulo 4 Reminiscencias (parte 2)

Despierto en medio de la noche, aturdida y confusa. Lo último que recuerdo antes de que las fuerzas me abandonaran es que mi madre me trajo a la habitación. Gimo de dolor. Mi cabeza y mi brazo palpitan como el reloj de una bomba de tiempo. Con dificultad, me incorporo sobre la cama. Observo alrededor, pero solo hay oscuridad. Los latidos de mi corazón se desbocan al recordar lo que sucedió. Mi padre, o el hombre que creí que lo era, esta vez llegó demasiado lejos. Ahora entiendo su rabia y el enojo en mi contra.

Saco los pies de la cama y los apoyo en el suelo, teniendo cuidado de no hacer ruido.  El miedo que siento me hace temblar de pies a cabeza. Tengo que salir de aquí; quedarme significaría mi muerte. Pero, antes que nada, debo hallar una manera de convencer a mamá de que huya conmigo. Sé que tiene miedo, que afuera nos espera un mundo distinto al que conocemos, un futuro incierto. Pero cualquier cosa será mejor que vivir bajo el mismo techo con un asesino en potencia. Desprendo un botón de mi vestido y meto mi brazo en el interior, a modo de cabestrillo. Me arrodillo frente a la cama y me aseguro de que mi bolso esté en el mismo lugar. Hace un tiempo he venido planeando mi escape, pero el amor que siente mamá por ese sujeto se ha convertido en un gran obstáculo para mis propósitos. ¿Por qué razón es incapaz de ver que Camilo no le conviene? Cada vez es más violento y peligroso. Tiro de mi mochila y reviso el bolsillo interior. Suspiro con alivio. No he ahorrado mucho dinero, pero con lo poco que tengo bastará para los gastos hasta que encuentre un trabajo.

Un ruido repentino me obliga a devolver mi bolso al mismo lugar y a ponerme de pie de forma brusca. Aguanto un gemido dentro de mi boca cuando un ramalazo de dolor intenso recorre mi brazo. Los latidos de mi corazón se detienen al igual que mi respiración. Mantengo la mirada puesta en la puerta, a la espera de que mi padre entre en cualquier momento, pero después de varios minutos nadie aparece. Suelto el aire retenido en mis pulmones.

―Concéntrate, Victoria ―me digo a mí misma―. Necesitas mantenerte en control.

La luz del corredor se filtra a través de la rendija de la puerta. Hay un silencio sepulcral que solo es interrumpido por el canto de los grillos. Hay demasiada quietud para mi gusto. Con piernas temblorosas me acerco y observo hacia el exterior. Abro con cuidado, me alzo sobre las puntas de mis pies y camino a hurtadillas. Necesito encontrar a mamá. Así que me dirijo hacia su habitación. A medida que me acerco, escucho gemidos provenientes del interior de su dormitorio. El alma cae a mis pies. ¿Cómo es posible que se haya olvidado de lo que él me hizo? ¡Soy su hija! Las lágrimas se deslizan por mi rostro debido a la decepción que siento. Lo eligió a él antes que a mí. Prefirió dejarme sola para correr a sus brazos.

Me doy la vuelta para regresar a mi habitación, pero justo en ese momento escucho que la puerta se abre. Corro y me escondo detrás de la pared para ponerme a salvo. Mayor es mi sorpresa cuando veo salir a otro hombre de su dormitorio. Pero… ¿Qué es lo que está pasando? Me quedo paralizada mientras observo al sujeto cerrar la puerta y atravesar el corredor para dirigirse hacia las escaleras. Conmocionada y contrariada por lo que acabo de ver, decido seguirlo. Si Camilo se encuentra con ese hombre, se desatará el infierno. No me cabe la menor duda de que acabará con el sujeto, seguirá con nosotras y enterrará nuestros cadáveres debajo de las flores del jardín. Lo persigo sin que se percate de mi presencia, incrédula de que una mujer como mi madre se haya atrevido a hacer algo como esto.

Lo veo bajar por las escaleras con una tranquilidad que me deja pasmada. Justo a mitad de los escalones, la madera cruje bajo sus pies. El miedo se dispara por mi cuerpo y se asienta en el fondo de mi estómago. Lo observo desde lo alto de la escalera y pierdo el aliento en cuanto veo a mi padre sentado frente al televisor con una botella de cerveza en la mano. Me cubro la boca para evitar que un jadeo se escape y los alerte de mi presencia. Sin embargo, lo que sucede a continuación me deja perturbada. Camilo gira la cabeza y mira al sujeto por encima de su hombro. ¿Por qué sonríe?

―¿Satisfecho con el servicio?

El desconocido mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca varios billetes para colocarlos en la palma de la mano de Camilo. Les da un vistazo y los guarda en el saquillo de su camisa.

―Tan satisfecho que estoy dispuesto a pagar por otra ronda.

¿Qué? ¿De qué están hablando?

―Lo siento, pero alguien más está a punto de llegar ―deja la botella en la mesa, se pone de pie y lo mira de frente―. Será, en otra oportunidad, Fabricio.

Le da un par de palmadas en el hombro.

 ―Te pagaré el doble.

Los ojos de Camilo brillan con emoción.

―El precio acaba de cambiar ―chasquea su lengua―. La oferta ya expiró.

—Pagaré lo que me pidas por tu mujer ―insiste con ansiedad―. Es sencillamente exquisita y sabe cómo tratar una polla con su boca.

Me horrorizo al escuchar tal conversación. ¿Este hombre despreciable ha sido capaz de vender a mi madre como a una prostituta? ¿Por qué mamá le permitió que hiciera esto con ella? Siento tanto asco que las náuseas inundan mi boca. Retrocedo, llena de indignación e impotencia. Necesito hablar con mamá, tenemos que irnos de aquí cuanto antes. Al darme la vuelta, me encuentro de frente con ella. Su vergüenza no le permite mirarme a los ojos.

―Ve a tu cuarto, coge tu bolso y vete lejos de aquí, Victoria ―avanza un par de pasos y se detiene a mi lado―. No mires atrás cuando salgas de esta casa.

No puedo hacerlo. No voy a dejarla aquí.

―Por favor, mamá, ven conmigo.

Niega con la cabeza.

―Ya es tarde para mí, cariño ―menciona con pesar―. En cambio, tú tienes una hermosa vida por delante.

Atrapo su muñeca antes de que se aleje.

―Por favor, mamá. No puedo hacer esto sin ti.

Me mira a los ojos, extiende su mano y la apoya en mi mejilla.

―Eres más fuerte de lo que te imaginas ―las lágrimas ruedan por su rostro―. Abre tus alas y vuela alto, cariño. Nunca más regreses a este lugar.

Me besa en la frente, baja las escaleras y se reúne con ellos.

—Lo has hecho muy bien, querida ―le indica Camilo con gesto orgulloso al verla llegar―. A este ritmo, solucionaremos nuestros problemas económicos antes de lo pensado.

Aprieto mis ojos y trago grueso al oír las palabras de ese desgraciado. ¿Cómo se atreve? Tengo esperanzas de que mamá, más temprano que tarde, recapacite, se arme de valor y le grite a la cara que es un maldito hijo de puta. Sin embargo, sucede todo lo contrario.

—Estoy dispuesta a hacer lo que sea por ti, cariño. Eres el amor de mi vida.

Decepcionada, regreso a mi habitación, saco el bolso de debajo de la cama y, con gran dificultad, me calzo los zapatos de tenis. Cuando estoy a punto de salir por la ventana, la puerta de mi dormitorio se abre súbitamente. Suelto un grito. En cuanto la luz se enciende, Camilo me pilla con una pierna del otro lado de la ventana. Me mira con irritación y odio al percatarse del morral que cuelga de mi hombro.

―¡Maldita perra! ¿A dónde crees que vas?

Intento sacar mi otra pierna, pero no lo consigo. Tira de mi cabello y me arroja violentamente contra el piso. El dolor que me atraviesa es tan insoportable que estoy a punto de perder el conocimiento. Aprieto el brazo contra mi pecho y sollozo adolorida.

―Por favor, no me hagas daño.

Suplico, aterrorizada.

―No, putita. No te irás de aquí hasta que me pagues cada centavo que invertí en ti.

Divago entre la consciencia y la inconsciencia, pero puedo escucharlo salir de la habitación. Intento ponerme de pie, pero no tengo fuerzas suficientes para hacerlo. Un par de minutos después, escucho pasos acercándose. 

―Fabricio, ¿qué te parece si triplicas tu oferta? Esta es virgen. Valdrá cada moneda que pagues por ella.

No, no, no.

―Trato hecho ―la puerta se cierra―. Bien, muñequita ―se acuclilla y roza mi mejilla con el dorso de sus asquerosos dedos. Lo que me hace estremecer de asco―. Espero que seas tan buena como tu madre.

Cuando su mano se cuela por debajo de mi vestido comienzo a forcejear.

―¡No me toques, maldito!

Uso mis piernas y mi brazo sano para defenderme de él. Comienzo a darle manotazos y patadas a diestra y siniestra, pero el dolor es tan intenso que mis movimientos se van ralentizando. Sin embargo, sigo defendiéndome.

―Así que salvaje, ¿eh? ―me da una bofetada que hace cesar todos mis movimientos. En mi adormecimiento, me levanta el vestido y me arranca las bragas. Las lágrimas brotan por las esquinas de mis ojos ante lo inevitable―. No tienes idea de cuánto voy a disfrutar de esto, chiquilla.

Baja la cremallera de su pantalón y extiende mis piernas hacia los lados, pero justo cuando va a penetrarme, se escucha un fuerte golpe. Todo se queda en silencio.

―¡Victoria, despierta! ―grita mamá con desesperación―. Tienes que irte de aquí. Camilo va a llegar en cualquier momento.

Inhalo una profunda bocanada de aire.

―¿Mami?

Abro los ojos y quedo impresionada al ver el cuerpo tendido a mi lado. ¿Está muerto?

―Sí, cariño, soy yo ―me ayuda a ponerme de pie, va por mi bolso y lo cuelga de mi hombro―. ¡Vete ahora!

Niego con la cabeza.

―Ven conmigo, te lo suplico.

Le ruego, desconsolada.

―No puedo hacerlo, hija. Tengo que detenerlo ―ahueca mi rostro entre sus manos y me mira a los ojos―. Eras tú o yo. No podía permitir que te entregara a Fabricio ―¿se acostó con ese hombre para protegerme?―. Te amo, Victoria. Nunca lo olvides.

Me ayuda a cruzar la ventana, pero mis pies se quedan varados en el mismo lugar. Me niego a irme de aquí sin ella.

―¿Qué hiciste? ¡Maldita puta! ¡Mataste a Fabricio!

Al escuchar aquel grito suelto el bolso y regreso a la habitación. No voy a dejar que le haga daño a mi madre.

―¡Déjala en paz!

Me abalanzo sobre él y comienzo a golpearlo, pero me aparta fácilmente con un empujón. Trastabillo y caigo sentada sobre el piso. Un latigazo de dolor sacude mi cuerpo, pero lo ignoro. Cuando intento ponerme de pie, me quedo petrificada al verlo caminar hacia mí con un cuchillo en la mano.

―Debí deshacerme de ti antes de que nacieras.

Elevo los brazos para protegerme de su ataque, pero este nunca llega. Al abrir los ojos, descubro con horror que mi madre se interpuso en su camino y fue apuñalada en mi lugar.

―¡No, mamá, no! ―me arrastro como puedo y me acerco a ella―. Por favor, mami. No me dejes.

Un hilillo de sangre se escurre por la esquina derecha de su boca.

―Ve… Vete, hija. Todo terminó para mí.

Llena de ira, giro la cara y veo a pocos centímetros de mí la barra de hierro que mi madre usó para atacar a Fabricio.

―¡Todo esto es por tu culpa! ―solloza Camilo al ver el cuerpo de mi madre cubierto de sangre―. ¡Nunca debí permitir que nacieras!

Aprovecho su descuido y aferro mis dedos alrededor del tubo. Me pongo de pie y me preparo para golpearlo.

―¡Espero que te pudras en el infierno!

Pocos segundos después, su cuerpo cae sin vida sobre el suelo.

Janeth Aguilar (janetha2004)

¡Madre mía!

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