Al abrir los ojos veo imágenes difusas y borrosas. Apenas puedo diferenciar entre lo real y lo imaginario. Un fuerte dolor está a punto de hacerme estallar la cabeza. Mi boca se siente seca. A medida que pasan los segundos, mi visión comienza a aclararse. ¿Qué demonios está sucediendo? Trato de hacer memoria, pero mi mente se niega a colaborar.
Un hedor a putrefacción y alcantarilla se desliza rápidamente a través de mis fosas nasales. Mi mente tarda en reconocer lo que mi olfato consigue en un milisegundo. Un denso escalofrío recorre mi espina dorsal en cuanto descubro que estoy en una de mis mazmorras. Todo está en silencio. A duras penas, una bombilla se abre paso en medio de una densa oscuridad.
―¿Hay alguien aquí? ―mi voz se propaga por la celda y poco a poco se va convirtiendo en un eco que se desvanece en la distancia. Intento ponerme de pie, pero el tintineo de unas cadenas me hace comprender lo que está sucediendo―. ¿Por qué demonios estoy encadenado?
Forcejeo en vano. Intento