El silencio en la habitación era casi opresivo. Gabriel, aún débil por los recuerdos y el efecto del relicario, se llevó una mano a la frente, su respiración errática. Oriana, a su lado, lo observaba con el ceño fruncido, sintiendo la angustia en su expresión.
—No puedes seguir así —murmuró ella, tomando su mano. Sus dedos estaban fríos, como si la maldición estuviera drenándolo.
Gabriel cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos con un brillo oscuro en la mirada.
—Hay algo que nunca