Ya eran las ocho y la enfermera había llegado puntual. Llevaba unas calzas apretadas que no dejaban nada a la imaginación y una pequeña camisa celeste de enfermera, obviamente arreglada para pegarse a su cuerpo de manera sensual. Ismael la miró unos segundos y luego volvió la vista hacia la ventana.
—¿Qué necesita que haga por usted, señor Dubois?
—Que te acuestes en ese sofá y te quedes en silencio. Solo si llega Gisella te levantarás y harás como que me estás haciendo aseo o algo comprometedo