En el aeropuerto de Alemania, Ángela caminaba de un lado a otro con los tacones resonando con fuerza sobre el piso pulido. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos oscuros cargados de furia. No le gustaba no tener el control… y mucho menos que Marcus se lo quitara.
Cuando la llamada conectó, escuchó la voz que tan bien conocía al otro lado.
—¿Qué pasa, mi angelito? Pensé que ya estarías con el tarado de tu esposo.
Ángela apretó el teléfono con más fuerza.
—Yo también pensé lo mismo. Pero resulta que