El parque estaba completamente iluminado por el sol de la tarde.
Las risas de los niños llenaban el ambiente mientras los mellizos corrían de un juego a otro sin detenerse ni un segundo. Subían por la resbaladilla, se perseguían entre los columpios y gritaban felices como pequeños torbellinos imposibles de controlar.
Margaret y George los observaban sentados en una banca, tomados de la mano.
Ella sonrió suavemente.
—Es tal cual hablábamos en la azotea de la universidad… ¿recuerdas?
George soltó