Ambos nos sorprendimos. Los ojos de Hernán se entrecerraron de repente, mientras que los míos se volvían más intensos. Lo miré de manera amenazante y sin lugar a dudas le ordené: —¡Contéstalo!
El cuerpo de Hernán se tensó, clavado en su lugar.
—Hernán, si tienes algo de conciencia, debes contestar este móvil en mi presencia. Te daré otra oportunidad. —lo miré, sosteniendo fuertemente a mi llorando hija en brazos y enderecé mi espalda—. Pensé que incluso el hombre más grande del mundo podría trai