Después de un par de horas conduciendo, Blas llegó finalmente a la costa. Miró de reojo a Milena, dormida profundamente a su lado, y no pudo evitar sonreír. Sabía que, al despertar, ella se enojaría aún más, pero confiaba en que podría calmarla, como lo había hecho antes… con un beso.
A pesar de su deseo por ella, sabía que no podía arriesgarse a lastimarla de nuevo. Pero se había acostumbrado a su cercanía, a esa sensación cálida y familiar que solo Milena le provocaba. Su confesión de alegría