Elena cerró la puerta de la habitación del hotel con un golpe seco, como si eso bastara para acallar el torbellino que llevaba dentro. Se quedó unos segundos de espaldas a la habitación, con la frente apoyada en la madera, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en su pecho como veneno. No iba a llorar. No otra vez.
Respiró hondo y se obligó a girar. La suite era cálida, elegante, decorada con flores frescas y ventanales que daban a la ciudad iluminada, pero en ese instante no era m