Sienna desvió la mirada, avergonzada por las palabras de Maximiliano. Esa bestia, siempre tan fría y brusca, acababa de hablarle con una ternura intensa que no sabía cómo procesar.
—Mírame, Sienna —pidió él, con esa voz ronca ahora cargada de suavidad, mientras afianzaba el agarre en su cintura.
Ella volvió la vista hacia él, mordiéndose el labio, expuesta. Maximiliano sonrió; una sonrisa sincera, lo que hizo que Sienna se sintiera todavía más abochornada.
—Eres mía, lobita —murmuró él.
—¿Tú er