La tranquilidad se rompió una tarde lluviosa con la llegada de un coche negro y elegante que subió por el camino privado sin ser interceptado.
Los sistemas de seguridad lo habían identificado, pero las órdenes eran dejarlo pasar.
Caleb, al ser informado, maldijo entre dientes.
—Quédese en el estudio —le dijo a Emily, su rostro una máscara de desagrado—. No salga hasta que yo venga a buscarlo.
—¿Quién es?
—Mi tío. Alistair Roosevelt —dijo el nombre como si fuera un veneno—. El hermano menor de