Nora
—Esto es…
—Uno de los últimos puestos de vigilancia de la manada. Pero, por supuesto, no lo hice solo. Ágata, Aristides y varios más me ayudaron.
Había flores en la entrada, velas y hasta una mesa con sillas, una hoguera y más. Salía humo de la chimenea y las ventanas tenían cortinas blancas. Es una especie de cabaña rústica, pero…
—Es maravillosa —dije contenta.
—Sé que es poco para lo que tú has tenido… —indicó preocupado.
—No soy una princesa.
—Para mí lo eres. Una guerrera de una gran