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Capítulo 4: Una noche con el alfa cruel

Nora

—Deja… déjame… —susurraba con mucho esfuerzo,mientras pataleaba, pero Tiziano me lanzó dentro de la carpa sin contemplaciones.

Era un lugar pequeño, apenas amueblado con algunas alfombras y un colchón en el suelo. No había nada más; parecía una auténtica pocilga. En ese momento, un grito hizo temblar el bosque, un aullido feroz cargado de un dolor tan terrible que debió sentirlo cada árbol y cada semilla de aquel pobre lugar.

—Oh, ¿así que hablas? ¿Y has decidido hacerlo ahora? —clamó con prepotencia.

No sabía cómo iba a salir de esta situación. La adrenalina recorría mi cuerpo y el terror me paralizaba.

—Ven aquí —gruñó, mientras me arrastraba por los pies a pesar de mis golpes.

Me sujetó las muñecas y el miedo me invadió por completo al escuchar sus siguientes palabras.

—Aquí en el bosque te haré mía. Pero no te marcaré aún. Llevarás mi marca cuando lo merezcas. Tienes que probar tu valor, mujercita.

Gruñó de nuevo y me aprisionó con su cuerpo. Si no me marcaba, eso significaba mi salvación, pues la marca de un lobo no se borraba hasta la muerte. De todos modos, mi mate no me había aceptado; había tenido la oportunidad y decidió no hacerlo. Estaba perdida.

—¡Mate no ha dicho nada! ¡No puede hacerlo aún! —gritó Indira en mi cabeza—. ¡De todos modos, no queremos la marca de este lobo asqueroso!

Escuché muchos aullidos afuera. Tiziano sonrió con malicia.

—Parece que tu maldito hermano te quiere de vuelta. Debió pensarlo mejor cuando te dejó ir —masculló con la lengua pesada por el alcohol.

Pero Damián no me había dejado venir, yo había huido. Tomé este rol para protegerlo a él, a nuestra manada y a nuestra gente. Pero, especialmente, lo hice por Julieta, su mate. Ella era mi mejor amiga, casi una hermana, y Pascal la había tenido prisionera y le exigía que regresara. Jamás lo permitiría. Ella no lo merecía, mi hermano moriría sin ella y, además, ahora tenían a alguien más a quien proteger.

Aproveché su descuido y lo golpeé en la cabeza. Él gruñó, pero el impacto funcionó. Entre el golpe y la cantidad de alcohol que había ingerido, suspiró y cayó desmayado como una piedra. Quise llorar ante mi suerte; me había salvado, pero no sabía por cuánto tiempo. No podía salir de allí, solo esperaba que Tiziano estuviera fuera de juego un buen rato y que los demás pensaran que estaba sucediendo lo que se esperaba en la primera noche de una pareja casada.

Tenía que armar un plan y buscar la manera de sobrevivir. Necesitaba recuperar mis fuerzas e investigar, pues en esta manada ocurrían cosas extrañas que podrían perjudicar a todos los lobos. Si mis amigos o mi hermano estuvieran allí, intentarían entenderlo. Al estar en la manada enemiga, yo era la única informante posible.

Miré a Tiziano dormido y suspiré. Por más planes que trazara, mi vida era un caos absoluto. Me tapé la cara, conteniendo las lágrimas, cuando vi una sombra en la entrada de la carpa y unas patas que daban vueltas alrededor. Unas garras blancas se asomaron y supe de inmediato de quién se trataba. Aunque él, mi mate, había demostrado que yo no era nada para su vida. Me dolía tanto que me eché a llorar, aunque no sabía si podía culparlo. ¿Qué pasaría si se descubría la verdad? ¿Qué le sucedería a él?

El lobo blanco gimió de dolor contra la lona donde yo me recostaba.

—Es él, mate está aquí —ronroneó Indira, que no pensaba en peligros, solo en el lobo de nuestro compañero.

Estaba agotada. Había sido el peor día de mi vida y sabía que lo que vendría podría ser peor, pero no tenía salida. Si huía, lo pagarían mi hermano, Juli y mi familia.

—Confiemos en la diosa, confiemos en mate —susurró Indira.

Mientras me quedaba dormida, supe que ella tomaría el relevo y me cuidaría. Mi loba había vuelto definitivamente y eso era un alivio, aunque solo fuera para estar alerta ante él.

Recién amanecía cuando la luz entró en la carpa. Tiziano seguía dormido con la lengua afuera y roncando como una bestia. Una suave brisa se coló por la abertura y sentí el impulso de salir. 

El Bosque de los herejes no era el mejor lugar, pero aun así era verde y, con los cuidados necesarios, podría ser frondoso y estar lleno de frutos. Los árboles eran demasiado delgados y una especie de ceniza estaba en el aire. Como si el lugar estuviera enfermo. El lobo ya no estaba, pero había alguien más. Era alguien a quien conocía bien y los ojos se me llenaron de lágrimas al verla.

—Ágata… —musité.

La hechicera, de cabello oscuro y ojos azul profundo, se veía hermosa y poderosa. Su presencia me trajo más esperanzas que mil lunas.

—Nora, fuerte Nora… —dijo ella, mientras se acercaba para abrazarme.

Por unos segundos me hundí en su abrazo, temblando por la emoción. La consejera de mi hermano había venido arriesgándolo todo. No me habían dejado sola, no completamente.

—Aquí estoy, Nora, aquí estoy. ¿Te han hecho daño? —preguntó revisando mi vestido—. ¿Ese salvaje te tocó? ¡Son unas bestias! —exclamó angustiada.

—Está borracho, quieren verme caer —respondí en mi mente. Ágata manejaba el aire y podía leer mis pensamientos.

—No lo harán, no mientras yo esté aquí. Te pondrás fuerte. La Luna Julieta me ha mandado con medicina —indicó, estrechándome de nuevo.

Me permití, por primera vez, sentirme débil. Ya no era la guerrera de antes; necesitaba ayuda y Juli había insistido en que mejorara mi salud.

—¿Cómo están ellos? —pregunté mentalmente.

Ágata bajó la mirada.

—Tu hermano está agobiado. No tiene paz contigo aquí y se culpa demasiado. Julieta también.

—Tienes que decirles que estoy bien, ellos no pueden hacer nada.

—¡Damián quiere intervenir y acabar con estos lobos!

—Ágata, hay otra amenaza y lo sabes. Algo oscuro se cierne sobre estas tierras. ¿Cómo vamos a dejar que miles de humanos y lobos estén en peligro?

Ella suspiró antes de responder con firmeza.

—Me quedaré aquí. Lo haremos juntas.

—¿Cómo? —pregunté extrañada.

Ella me enseñó sus muñecas.

—Le pedí a alfa Pascal que me aceptara; está desesperado por protección y lo sabes. Me colocaron estas pulseras que se supone que debilitan mi poder.

—¿En serio? —pregunté levantando una ceja.

Ella sonrió con suficiencia.

—No funcionan muy bien o quizás yo soy demasiado poderosa —se encogió de hombros y me arrancó una sonrisa—. Cuando ya no estabas, juré lealtad a la manada y rechacé al rey.

—¿Qué dices?

El Rey de todos los Lobos era el más fuerte y le debíamos lealtad, excepto los herejes.

—Bueno, sí, pero no rechacé a mi reina. Mi sobrina —indicó ella contenta.

La Reina Celeste era una hechicera formidable que comandaba a las suyas. Con ella, tendríamos una oportunidad.

—Tenemos que buscar aliados aquí, Nora… —me decía cuando escuchamos ruidos. Alguien se acercaba.

—¿Dónde está tu esposo, casi loba? —preguntó Pascal asomándose.

—Dormido… —contestó Ágata—. ¿Sucede algo, estimado alfa?

Era obvio que el lobo estaba muy incómodo con la presencia de la hechicera. No dejaba de mirarle las pulseras, como si fueran su única salvación. Pero jamás imaginé las noticias que traía.

—Levántalo. Tal como imaginé, nos trajiste mala suerte —proclamó con severidad—. Hay un ataque en puertas. ¡Guerreros a sus puestos! ¡Defiendan la manada!

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