El depredador no corre
El silencio que siguió a la desaparición de Damián fue peor que el caos.
Las patrullas siguieron moviéndose durante horas, los sensores se recalibraron una y otra vez, y los guerreros no abandonaron sus puestos ni siquiera cuando el amanecer comenzó a desteñir la noche. Pero había una sensación persistente, incómoda, como si el territorio entero supiera que aquello no había sido un intento de ataque.
Había sido una observación.
Lucía no volvió a la cama después de que Jacob salió. Permaneció sentada, con Aria dormida contra su pecho y Lysander aferrado a su costado, escuchando cada sonido de la casa, cada crujido, cada respiración. Kira no se relajó en ningún momento; se movía bajo su piel como una guardiana antigua, tensa, vigilante.
Cuando Jacob regresó, horas después, traía tierra en las botas y una expresión que confirmaba lo que Lucía ya sabía.
—No dejó rastro —dijo en voz baja, cerrando la puerta tras de sí—. Ninguno. Ni olor, ni huellas, ni interferencias