La noche había caído sobre el Consejo Supremo como un manto pesado, cargado de silencio y agotamiento. El comedor común, usualmente un hervidero de voces y risas contenidas, estaba vacío esa noche. Muchas manadas habían sido atendidas por quemaduras del sol y deshidratación severa; los lobos, a pesar de su regeneración natural, no eran invencibles ante un día entero bajo el astro rey sin piedad. Los médicos del Consejo habían trabajado sin descanso, aplicando ungüentos y fluidos intravenosos a