003. No des un paso más

-Clarisse-

Cuando me despierto con la luz de la mañana, siento un cuerpo junto al mío y la sensación de unos labios recorriendo mi rostro.

Abro los ojos, asustada, solo para encontrarme con el rostro de Noah. La sangre se me congela y, aunque todo mi cuerpo se pone a la defensiva, no puedo moverme. Mis manos se vuelven puños contra mi pecho, espero a que él sea el que reaccione para saber cómo actuar.

La última vez que estuvimos tan cerca, fue hace unas horas, cuando él me tenía acorralada e indefensa; no es que ahora sea más fuerte. Siempre estaré indefensa ante él o cualquier lobo de bajo rango, porque una hembra sin lobo es casi como una humana: débil, sin duda una mera presa para otros lobos. No soy rival para nadie. Podrían derrotarme antes de que me pusiera en pie para tratar de pelear.

Esto es lo que soy. Todavía puedo sentir sus garras presionadas contra mi piel, abriéndose paso en mi carne lentamente. Trato de no estremecerme ante el recuerdo.

Noah es capaz de oler mi miedo, pero, si acaso lo ha notado, no da señales de eso.

—Buenos días —dice, una de sus manos me acuna el rostro y su pulgar me acaricia la mejilla.

El acto se siente tan forzado y ajeno que no puedo evitar huir de su toque.

—¿Qué haces aquí? —es lo primero que escapa de mis labios.

Su ceño se frunce como si acabara de decir algo erróneo. Pero se deshace de él rápidamente, en cambio, muestra un gesto confundido.

—Siempre despierto contigo. ¿Qué es lo raro? ¿Debería estar en otro lado?

La pregunta contiene algo oscuro detrás, casi la siento como una amenaza.

Su cinismo me enferma. Casi me hace creer que lo que pasó hace unas horas nunca sucedió. Casi, si no fuera porque aun puedo oler a esa mujer en él, escondido bajo el aroma a jabón, hasta podría fingir que nada pasó.

Debió haber tomado una ducha y se cambió de ropa, pero eso no cambia nada.

Me levanto de un salto y me limpio la mejilla con el dorso de mi mano, como si así pudiera borrar el rastro de sus dedos en mi piel. Incluso si quisiera perdonarlo, si se pone de rodillas y me jura que no volverá a pasar, el daño está hecho.

Como puedo, me alejo de la cama y me dirijo hacia la puerta, sintiéndome más segura aquí que a su lado. Es gracioso como cambian las cosas de la noche a la mañana.

Hasta hace unas horas, Noah era mi zona segura, no había otro lugar donde me sintiera más a salvo que en sus brazos. Ahora solo siento el peligro cuanto más tiempo paso con él y su extraño teatro.

—No finjas que nada pasó —mascullo, mis palabras inseguras por lo que pueda provocar mi renuencia a dejarme convencer. Ya me demostró lo agresivo que puede llegar a ser —. Ve con tu otra mujer si así lo quieres. Yo ya no soy nada para ti, lo dejaste muy claro. No sé que quieres de mí fingiendo que todo está bien.

Contrario a toda acción lógica, Noah parece confundido, como si aún insistiera en mantener la fantasía de que no se comportó como una bestia, atacándome e insultándome. Es el colmo.

—Nena, ¿de qué estás hablando?

Se acerca a mí y yo retrocedo. No me gusta nada de esto. Se siente como si en cualquier momento la careta fuera a caerse y entonces me atacará otra vez, y no sé cuán agresivo pueda ser ahora. Si sería capaz de ir más allá.

—¿Me tienes miedo? —pregunta, haciendo un gran papel al aparentar estar dolido.

Siento que todas mis emociones se congelan en ese momento. No soporto mirarlo a la cara. No soporto a este hombre tan falso, cínico y manipulador al que estoy vinculada.

—Tú me atacaste —le recuerdo, me toma desprevenida la rabia en mi voz. Noah se queda quieto un segundo, sorprendido, pero no puedo detenerme —. ¿Debo recordarte todo lo que me dijiste? ¿Debería recordarte cómo me atacaste? Mira lo que me hiciste, Noah. —Le muestro las marcas de sus garras en mis brazos, moretones profundos y heridas que apenas se han cerrado y que no van a borrarse en un buen tiempo ya que incluso mi proceso de curación es más lento que el lobo común —. Si vas a jugar este maldito juego, lo harás solo. No me importa que no valga nada para esta manada sin ti. Yo no quiero volver a saber de ti en lo que me quede de vida.

Noah tiene el descaro de mostrarse arrepentido, casi asustado de mis palabras y la evidencia de su maltrato. Me sorprende encontrar lágrimas en sus ojos, como si no pudiera creer que él me hizo eso. Es tan, tan bueno fingiendo.

—¿Yo hice eso? —pegunta, su voz suena amortiguada bajo el peso de la falsa culpa.

Ni siquiera me molesto en responderle.

Salgo de la habitación antes de darle tiempo de dar un paso hacia mí. No miro atrás cuando tomo mi cartera con mi teléfono y mi tarjeta de identidad y me apresuro a la cochera para tomar mi auto. Los sirvientes me miran, mas no dicen nada. El portero intenta persuadirme para decirle a dónde iré, y yo, cansada por su insistencia y su reticencia a abrirme la reja, considero si debería arrollarlo con mi auto.

—Señora, no puedo dejarla salir. El Beta Noah me pidió no dejarla salir sola, también me dijo que no tenía permitido conducir.

¿Es que quiere tenerme encerrada? ¿Por qué? Si ya consiguió mi reemplazo, ¡entonces que se quede con ella! A mí que me deje libre y en paz lo que me quede de vida.

—Iré con el Alfa —le respondo secamente, al borde de perder la paciencia —. Si quieres detenerme, entonces llamaré al Alfa para que él mismo venga a recogerme y ponga a todos ustedes en su lugar. ¡¿Me escuchaste?!

Mi propia exaltación es algo que me deja perturbada. El portero se aleja, perplejo, y con un nerviosismo nada propio de él, abre la reja. Yo piso el acelerador y conduzco a la mansión del Alfa, cegada por una rabia que me nubla la vista en una niebla roja y oscura.

No estoy pensando con claridad. En realidad, no creo que esté pensando para nada.

En medio de mi furia, las lágrimas se deslizan por mi rostro. No sé qué me pasa, porque estoy enojada y resentida con Noah, pero al mismo tiempo me lamento por cómo resultaron las cosas. Una parte de mí quiere regresar y perdonarlo si él promete que borrará a esa mujer de su vida y que no volverá a hacerme nada igual. Que me mienta otra vez, que me llene de promesas vacías un tiempo más, que me deje disfrutar de otro poco de felicidad.

Golpeo el claxon una y otra vez en la carretera vacía, en conflicto con mis emociones.

No puedo volver. No, me repito. Porque puedo ser una hembra sin lobo, una paria de la sociedad que debería agradecer tener un puesto tan importante como ser la pareja de un Beta, y sé que cualquiera en la manada me diría que debo perdonarlo pues en mi situación no hay nada mejor que seguir al lado de Noah, pero también soy mujer. ¿No merezco algo de respeto y dignidad? ¿No merezco alejarme de lo que me hace daño solo porque soy defectuosa?

Me aterra pensar en todo eso. Si Noah me deja, no soy nadie. Nunca tendré otra pareja, nadie querría a una sin lobo como yo, la manada me despreciaría por tener la osadía de rechazarlo cuando ha hecho tanto por mí. Tal vez la presión sea tanta que Aiden no tenga de otra más que expulsarme de la manada.

No, por favor. Aiden no podría hacerme eso. No puede. Él es mi única esperanza. Y si elige a su hermano por encima de mí, si al final resulta ser igual que los demás, igual o peor que Noah...

Mientras mis pensamientos se vuelven más tormentosos, conduzco como una desquiciada dando vueltas y vueltas entre sollozos y maldiciones y no me detengo hasta llegar al enorme portón custodiado de la Mansión Fuego Luna. Entonces todas las emociones se detienen, dejándome en un estado de piloto automático.

Cuando bajo del auto, lista para enfrentar lo que sea que me espere cuando hable con Aiden, los guardias se me acercan con espadas envainadas y me hacen retroceder hasta que mi espalda está pegada a la puerta de mi auto y el filo de sus espadas se presiona en mi garganta.

—No des un paso más, traidora.

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