Mundo ficciónIniciar sesión-Clarisse-
Noah no solo ignora mi pregunta, sino que entrecierra los ojos en mi dirección antes de levantarse. Su rostro tiene una expresión feroz y peligrosa; sus ojos me miran como si fuera una simple presa que va a destruir. Mi cuerpo se pone rígido al presentir la amenaza. ¿Dónde está mi pareja? ¿Dónde está el hombre que me prometió estrellas y días de primavera? ¿Cuándo dejó de verme como la mujer que juró amar? ¿En qué momento se convirtió en esto? —Repite eso, Clarisse —pide con una voz fría y amenazante. Inhalo profundamente, sintiendo el frío escalar por mis huesos ante la furia que late en sus venas. Cuando no le respondo, avanza hacia mí. Un paso y luego otro, como un depredador que acecha a su presa. La habitación se siente tan pequeña en este momento que solo puedo retroceder, cautelosa ante este desconocido que una vez llamé mi pareja. —¿No puedes, verdad? Porque sabes que no es verdad —Sus puños se aprietan a sus costados, sus colmillos sobresalen y por un momento temo que se descontrole y su mordida se cierre sobre mí —. Si hubiera tomado a otra mujer, lo habrías sentido a través de nuestro lazo. Por eso sabes que lo que dices no tiene sentido. Eso es lo más extraño. El olor que tiene sin duda es por haber tenido un encuentro con una mujer, pero no sentí la traición que debió haber quebrado nuestro lazo. Que debió haberme matado. —Pero hueles a otra mujer —me atrevo a decir en medio de todo. Siento la rabia y el asco trepar por mi garganta —. ¿Cómo me explicas eso? Se avalanza sobre mí como un salvaje y me agarra de ambos brazos con tanta fuerza que chillo, adolorida. Sus garras se me clavan en la piel cuando sus ojos se vuelven amarillos y brillantes. Las venas de su cuello se tensan y me trago cuaquier protesta. Será mejor no pelear. No sé qué pueda hacerme a estas alturas. Ya no lo conozco. No puedo reconocerlo. —¡Yo no te rindo explicaciones a ti! —grita con ferocidad —. ¿Entiendes eso, Clarisse? ¡Yo soy el Beta de esta manada, tú solo eres la pareja que tomé y deberías estar agradecida por eso! Deberías agradecer que alguien tan importante se fijara en ti y a día de hoy, pese a tu gran incacidad para concebir, no te he hecho a un lado. ¿En serio crees que tienes derecho a reclamarme algo? ¿Quién demonios eres tú? ¡¿Quién eres tú sin mí?! Sus palabras son peor que dagas. Peor que cualquier cosa que haya hecho con aquella mujer para que yo todavía pueda olerla en él bajo toda la peste del licor, incluso si no llegó a término con ella. Las lágrimas corren por mi rostro, traidoras y feroces, pero no más traidoras de lo que fue Noah, ni más feroces que su propia rabia. No, él me gana en todo. Es superior en todos los sentidos. Lo sé desde que nos conocimos, solo que nunca creí que me lo recordaría echándome en cara todo lo que hizo por mí. Yo jamás le pedí nada. Él prometió, lo juró por todo lo sagrado, que estaba enamorado de mí y que eso bastaba para hacerme su igual. Él acaba de cometer una traición más fuerte que una infidelidad. Rompió la promesa de que nunca me haría menos por no tener lobo, incluso dijo que no le importaba nunca tener un hijo, que yo valía más que eso, que mi valor no estaba en mi fuerza física o en mi vientre. Me hizo sentir que valía algo para alguien, que a pesar de mis faltas, tenía una oportunidad única de formar una familia con un hombre fuerte y amoroso que aceptaba todo lo que yo era. El Beta de la manada, el segundo hombre más importante, enamorado de la sin lobo marginada de la manada. ¿Quién lo imaginaría? Me tomó mucho tiempo confiar en él y sus promesas. Acaba de romper todo eso. —¡Responde Clarisse! —exige —. ¿QUIÉN. ERES. TÚ? ¿Quién soy? Hace mucho tiempo, me dije que ya no era nadie, pero cuando Noah apareció, finalmente sentí que volvía a ser alguien en la vida. Acaba de recordarme lo poco que valgo. Me sacude por los hombros como a una muñeca de trapo y yo solo puedo cerrar los ojos. Fue una ilusión, todo fue una maldita ilusión. Demasiado perfecta para durar más tiempo. Fui estúpida y confiada, el peor error de una marginada. Nunca debí dejarme ganar con sus promesas. Un día me dejaría, lo temí en aquel entonces, tenía miedo de que llegara alguien mejor -o su pareja destinada- y Noah me hiciera a un lado, con asco, con vergüenza, apenado de haberme tomado en primer lugar. Ahora, después de haber olvidado todos esos miedos, me doy cuenta de que debí haber estado esperando por esto. No debí dejarme convencer. Quién sea la loba con la que me engaña, debe ser fuerte, hermosa, quizás alguien importante. Era obvio que me haría a un lado. Todos son iguales. Noah solo pretendió ser diferente por un tiempo. Cuando vuelvo a abrir los ojos, él está ahí, esperando que le responda. —Pensé que era tu pareja —digo con la voz entronquecida. No me queda dignidad ahora. Sus ojos se suavizan un instante. Apenas un segundo, que no vale absolutamente nada porque el brillo salvaje y tirano sigue ahí. Y no se compadece de mí. Lo siguiente que dice me desarma por completo. —La peor decisión de mi vida —declara. Me barre con la mirada. El desprecio con el que lo hace me hiere profundamente. —Y por la que deberías estar agradecida toda tu miserable vida. Me suelta como si ya hubiera acabado conmigo y yo ahogo un sollozo. El lazo se siente tan tirante y doloroso que me doblo hacia adelante. Noah se echa en el sofá, como quien no acaba de pisotear mi corazón y mi dignidad en fracción de minutos. Me encierro en mi habitación privada, no la que compartimos. No estoy segura de poder entrar ahí nunca más. Me duermo con un dolor insoportable en el corazón. No sé cómo haré para vivir después de esto. *** En mis sueños, veo a Noah, el hombre del que me enamoré hace tres años. Tan apuesto e inalcanzable, sonriente, apuesto, y mirándome como si fuera lo más preciado para él. Es una imagen tan desoladora que me destroza. Recuerdo perfectamente el día que me pidió ser su pareja. Lo hizo frente a cientos de personas. Era el cumpleaños de su hermano, el Alfa Aiden. Toda la manada estaba reunida, incluso miembros importantes de las manadas vecinas, Alfas y Betas del Consejo. Recuerdo lo nerviosa y diminuta que me sentía en medio de todos ellos, gente de élite, tan poderosa, incluso entre los miembros comunes de nuestra manada, yo estaba incluso por debajo de un omega. Noah no se despegaba de mí. Su mano estaba en mi cintura, posesivo y firme sobre su reclamo. En aquel entonces aún no había sido marcada por él, pero todos sabían que, incluso sin su mordida, yo era suya. Era testarudo al respecto. Fue la primera vez que Alfa Aiden se acercó a mí, en un momento en que Noah se separó de mí. Lo había visto en algunas ocasiones, cuando Noah me llevaba a su cabaña de caza o a la fortaleza del Alfa. En todas esas ocasiones, él solo me saludó con un sentimiento de cabeza o con un seco «buenos días» o «un gusto en verte, Clarisse». Jamás había hecho el intento de hablarme y yo tampoco me había atrevido a importunarlo. No me consideraba digna de recibir más que su saludo, incluso aquello me incomodaba, pues sentía que lo molestaba. Pensaba que Aiden, en el fondo, desaprobaba mi relación con su hermano y, a mis espaldas, lo persuadía de abandonarme. En el mejor de los casos, creí que me consideraba una amante pasajera que no merecía reconocimiento. Así que cuando Alfa Aiden se me acercó en medio de la fiesta, bajo un montón de ojos chismosos que esperaban una humillación pública para mí, me puse de los nervios. —Clarisse —saludó entonces. Mi nombre se pronunció con tanto cuidado que al instante presentí lo peor. —Alfa —titubeé, mis dedos temblorosos casi dejaron caer la copa de vino —. Feliz cumpleaños. Fue lo máximo que pude articular sin sentir que la lengua se me enredaba. Los ojos de Aiden me miraron espectantes. —Gracias —respondió, un deje de incomodidad en su voz, como si la palabra le fuera extraña, me hizo sentir el doble de tonta. —Noah se fue al baño —dije por impulso —. Por si lo estaba buscando. Seguro que vuelve pronto. La esquina de sus ojos se alzó con la sombra de una sonrisa que no llegó a gestarse en sus labios. —¿Por qué crees que busco a mi hermano? —¿No lo busca? —pregunté, confundida. Aiden miró a los invitados que nos observaban de reojo, pero con evidente interés. Todos volvieron a sus asuntos al sentir su mirada. —¿No puedo acercarme a ti, solo para hablar contigo? —cuestionó. —¿Por qué querría hablar conmigo? —dije de manera impertinente. Al instante traté de corregir mi error —. Quiero decir, no creo que haya nada que pueda hablar... conmigo. Excepto que sí lo había, reflexioné. Noah. Al instante sentí algo frío deslizarse por mi nuca. Era el día, el día en el que Alfa Aiden me diría que me alejase de Noah, que una hembra sin lobo no era digna para el Beta de la manada y que era mejor cortar la relación desde ya porque no era nada valiosa, que no tenía nada qué aportar a la manada más que vergüenza al linaje. —Alfa Aiden... —comencé a decir. No me dejó continuar. —¿Amas a mi hermano? —preguntó de repente. Yo parpadeé, sorprendida. No era la pregunta que había esperado. Quiero decir, creí que diría algo como: «¿Te tengo que romper las piernas para que dejes a mi hermano o tú solita puedes hacerte a un lado?». Al ver que no contestaba, volvió a preguntar: —¿Amas a mi hermano? —insistió, esta vez noté algo de impaciencia en su voz. —Lo amo —respondí al instante. Mis mejillas se calentaron al sentirme tan expuesta. No sé qué pasó por su mirada, pero pareció considerar algo con suma complacencia. —Está bien —dijo. Bien. ¿Qué estaba bien? No me dio explicaciones, tampoco me atreví a pedirlas. Él solo levantó su propia copa hacia mí. —Disfruta de la fiesta, Clarisse. Y bienvenida a la familia. Tan pronto dijo aquello, me dio la espalda y regresó a su lugar en lo alto de las escaleras, donde Luna Raila lo esperaba, hermosa e imponente. Ella me miró un largo rato antes de regresar su atención al Alfa Aiden. Unos minutos más tarde, Noah apareció. Tan solo unas horas después, cuando la luna estuvo en su punto más alto y brillante, Noah pidió el permiso de su hermano para hacer un anuncio importante. Se arrodilló ante mí y sacó un collar, uno que reconocí como el que llevaban todas las parejas de los Betas de Fuego Luna, un collar que llevaba generaciones en la familia y, ante toda esa gente, me pidió ser su pareja oficial. Recuerdo lo incrédula, feliz y asustada que estaba. Lo primero que hice después del ataque de nervios y el debate mental entre mi felicidad y la opinión de la manada, fue mirar al Alfa Aiden. Él estaba de pie, en lo alto del balcón sobre nuestras cabezas, mirándome sin emoción. Tragué saliva, recordando la pregunta que me había hecho. Entonces, él asintió. Ni siquiera movió los labios, pero sus ojos lo dijeron todo. «Bienvenida a la familia». Los ojos se me llenaron de lágrimas y, por primera vez, vi un atisbo de sonrisa en el rostro del Alfa Aiden. Eso me dio la confianza para mirar a Noah y decirle sí, sí a todas sus promesas. Recuerdo que me tomó en sus brazos y me dio vueltas de princesa, emocionado y lleno de un amor tan puro que se me apretó el corazón. Cuando me colocó el collar frente a cientos de personas, nada más importó, pues el Alfa ya había aprobado la unión. La Luna Raila vino colgada del brazo del Alfa para felicitarnos. Aiden solo me miró a mí y supe que nunca podría pagarle por este regalo. —Gracias —le dije. Él no pronunció palabra alguna, solo asintió, pero sus ojos se suavizaron. Cuando se giró hacia la manada, el rostro se le endureció, callando cualquier comentario malintencionado que pudiera haberse gestado. Luego regresó a mí e hizo algo impensable. —Los felicito a ambos —comenzó —. Y desde ahora, así como Noah es mi Beta y mi mano derecha, como su pareja, tú serás mi otra mano de confianza. Espero que todos te traten con el respeto que mereces. Y así fue los siguientes tres años. Nadie jamás cuestionó nuestra unión y nadie volvió a tratarme mal ni a mirarme sobre el hombro. Supongo que esos días están por acabar.






