DAFNE
Al principio no hubo sonido.
Solo luz — infinita, cegadora, y tan pesada que parecía aplastar los huesos.
No sabía si estaba respirando. No sabía si seguía viva.
Pero podía sentirlo.
Jordán.
Su latido era débil, enterrado bajo capas de sombra. Me llamaba — un pulso dorado oculto bajo olas de fuego negro.
—Jordán… —mi voz tembló, resonando en el vacío.
No hubo respuesta.
La luz se fue apagando poco a poco, revelando el mundo a mi alrededor — si es que podía llamarse mundo.
El