JORDÁN
Dolor.
Eso fue lo primero que sentí. Se arrastraba por mis venas como fuego, quemando cada nervio, cada hueso.
Abrí los ojos de golpe. El techo sobre mí era desconocido — piedra pálida con vetas de grietas, un tenue rayo de luna filtrándose por las cortinas. El aroma me lo dijo todo. Los aposentos de Dorotea.
Estaba vivo.
Apenas.
—Tranquilo —dijo una voz suave a mi lado. Teodoro. Se veía exhausto, su cabello oscuro despeinado, la mandíbula tensa—. Has estado inconsciente por hor