JORDÁN
El grito no dejaba de resonar.
Rasgaba mi cráneo como hierro arañando piedra. La voz de Dafne —rota, aterrada— seguía sonando en mi cabeza incluso después de que regresara el silencio. Mis manos temblaban al mirarlas, con las garras extendidas, manchadas de sangre que no era la suya… todavía no. No la suya.
Estaba arrodillado sobre el suelo de mármol frío de mi despacho, con la luz de la luna atravesando los ventanales rotos. Todo olía a humo y magia quemada. Mi pecho dolía como si