Elara
La mañana después de la frágil tregua amaneció sin ceremonias, sin palabras, sin el peso de la expectativa oprimiendo mi pecho.
No nos quedamos enredados en discusiones ni en disculpas, sino uno al lado del otro en un silencio que se sentía extrañamente neutro.
No frío. No cálido. Solo cauteloso, como si ambos temiéramos que un aliento extraño pudiera romper el entendimiento que se había formado entre nosotros.
El bosque que nos rodeaba respiraba de una manera que el palacio nunca murió.