Elara
La retirada comenzó bajo un frágil amanecer, el cielo se tiñó de dorado pálido y rosas apagados que casi parecían burlarse de la tensión que latía entre nosotros.
Orión cabalgaba a mi lado en silencio; su presencia era un peso sólido e inquebrantable, pero no el tipo de consuelo en el que alguna vez me había apoyado.
El aire entre nosotros resonaba con palabras no dichas, disculpas a medias y verdades que ninguno de los dos se atrevía a expresar. Estábamos juntos, pero un abismo se había abierto lo suficiente como para tragarse nuestros miedos y deseos.
Cada mirada que me dirigía estaba cargada de preocupación, pero parecía una pregunta que no estaba lista para responder.
Me concentré en el camino, obligándome a respirar al ritmo del golpeteo de los cascos.
Mi mente, sin embargo, se negaba a seguir la simple cadencia de la retirada. Recuerdos me arañaban los límites de la consciencia: imágenes de cadenas, sangre y la satisfacción retorcida de Freya.
Cada recuerdo me recordaba l