Elara
Volví a observar a la anciana.
Su cabello era plateado, recogido en una trenza suelta que caía sobre su hombro. Su piel era pálida y de textura curtida, lo que delataba su edad, pero sus ojos…
Sus ojos eran penetrantes. Más penetrantes de lo que cabría esperar de una anciana.
Me observó con atención, como si intentara descifrarme.
«Los vi a ti y a tus amigos a kilómetros de distancia. Creo que debería saber quiénes son… después de todo, entraron a mi casa…», dijo lentamente, pronunciando