Me hundí en la silla más cercana, dejando que el peso de la revelación me envolviera como un sudario. Me temblaban las manos, aunque intentaba mantenerlas apretadas. El vínculo vibraba contra mi pecho, latiendo con cada latido, un sutil pero insistente recordatorio de que Orión estaba ahí fuera, luchando, cargando con el precio de lo que le había dado. Casi podía sentirlo, extendido en la distancia, agotado, debilitado, pero luchando contra algo que ninguno de nosotros podría afrontar solo.
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