Diana estaba furiosa. En la cocina de su casa, con el vaso de agua aún temblando entre sus dedos, sentía cómo la rabia le subía por la garganta como fuego.
Golpeó el mesón con fuerza, el sonido seco resonó en la cocina. No era solo enojo: era frustración, impotencia, una mezcla de orgullo herido y miedo disfrazado de furia.
El agua salpicó un poco sobre la encimera, pero ella no lo notó. Su mente estaba en otro lugar, repasando cada palabra, cada gesto, cada traición que la había llevado ha