Karen estaba en su hogar, lista para ir al trabajo. Agarró sus cosas y las guardó en su bolso.
—¡Que te vaya bien, Karen! —la saludó su hermana, ella se quedaba en la casa.
—Gracias, hermanita. Nos vemos más tarde. No te olvides que dejé la lavadora encendida —le habló.
Salió de la casa con una sonrisa. Nada podía ir mal ese día. Maikol la había invitado esa semana a su casa, igual que a Helena y a Nicolás. Ella deseaba que llegara ese día para olvidar todo lo demás.
En el camino, antes de