Paula estaba sentada frente a los presentes, con los ojos enrojecidos y un pañuelo arrugado entre las manos. Las lágrimas caían, sí, pero no eran producto del dolor.
Le costaba mucho llorar por algo que, en el fondo, no le dolía. Había ensayado esa expresión frente al espejo.
—No puedo creer que haya pasado esto… —murmuró, con la voz rota.
—Tienes que decirnos cómo fue que sucedieron las cosas —exigió Haru, mirándola con desprecio.
—Y-yo… es muy difícil. Lo que vi fue… —titubeó, luego