Nicole despertó con un zumbido en los oídos y una presión extraña en la cabeza.
Todo era borroso al principio. Parpadeó varias veces, forzando su vista hasta que las formas comenzaron a definirse.
Había una mesa de madera frente a ella. Paredes de abedul, con cuadros abstractos.
Intentó moverse, pero el tirón en sus muñecas la detuvo. Tenía las manos y los pies atados.
Tragó saliva con dificultad.
—¡¿Hola?! ¿Alguien me escucha? Necesito ayuda —habló, con las cejas hundidas.
Bruno entró rápidamente, como si hubiera estado esperando ese momento. La puerta se cerró tras él.
Nicole alzó la vista, aún aturdida, y lo vio con esa sonrisa cínica en sus labios. Notó algo distinto en sus ojos, una oscuridad que no recordaba. Cómo si el Bruno que ella conocía se hubiera desvanecido, y en su lugar estuviera alguien más frío.
—Hola, mi amor —dijo él, con una voz suave—. Al fin despiertas.
Nicole palideció. El miedo le recorrió la espalda como un relámpago.
—¿Qué quieres d