Helena estaba sorprendida. Era la primera vez que veía a Noah tan alterado a la hora de la cena. Normalmente él reía, contaba chistes, hacía que incluso los días más pesados terminaran con una sonrisa.
Esa noche, su rostro estaba tenso y tenía los ojos clavados en el mantel como si allí se escondiera una verdad imposible de decir.
—Noah… —repitió Helena, con pesar.
Él levantó la mirada, y por un segundo, Helena vio que sólo era un hermano preocupado en no destruir el corazón de su gemela.
—Bruno… —empezó, con la voz quebrada—. Bruno está casado. Tienen que creerme.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Qué tratas de decir Noah? —Nicole apretó los puños, se negaba a creerlo—. ¿Tratas de acusarlo falsamente para que me aleje de él?
Esas acusaciones en contra de Bruno sólo la hacían enojar, porque sabía que él jamás haría algo así. Confiaba en su novio, aunque sólo llevaban tres meses juntos.
¿Por qué su hermano decía cosas tan dolorosas?
—Lo que escuchaste, hermana —dijo, en