Helena estaba sorprendida. Era la primera vez que veía a Noah tan alterado a la hora de la cena. Normalmente él reía, contaba chistes, hacía que incluso los días más pesados terminaran con una sonrisa.
Esa noche, su rostro estaba tenso y tenía los ojos clavados en el mantel como si allí se escondiera una verdad imposible de decir.
—Noah… —repitió Helena, con pesar.
Él levantó la mirada, y por un segundo, Helena vio que sólo era un hermano preocupado en no destruir el corazón de su gemela.