Unas semanas después…
Thiago estaba llorando y Gabriel no sabía cómo calmarlo. Le ofreció el biberón, pero el niño lo rechazó con un manotazo torpe, entre sollozos y pataletas. Gabriel suspiró, cansado, con una mezcla de frustración y ternura.
—Vamos, campeón… ¿Qué te pasa ahora? —preguntó, en voz baja—. Papá está aquí contigo. No te dejaré solo…
Lo cargó en brazos, lo meció un poco, caminando por la habitación como si el movimiento pudiera calmar el caos.
Pero Thiago seguía llorando, con