Para la despedida de soltero, Nicolás alquiló una mesa de billar en un bar para ellos solos.
Paul metió la bola con una precisión inesperada, y como si hubiera ganado el campeonato mundial, empezó a saltar alrededor de la mesa con los brazos en alto.
—¡¿Vieron eso?! ¡Soy una leyenda! —gritó, mientras Nicolás se reía y le lanzaba una servilleta enrollada como proyectil—. No se me ha ido el toque. Soy buenísimo en este juego.
—Tranquilo, Messi del billar —dijo el pelinegro—. Apenas estamos em