Helena regresó a su oficina y lo primero que vio fue a Maikol haciendo una reverencia desesperada.
—¡Lo siento mucho! Quiero disculparme por no ser lo suficientemente profesional —habló, con un nudo en la garganta—. Tal vez le guste trabajar sola como lo mencionó, pero le ruego que no me despida. Llevo semanas buscando un buen trabajo como este para pagar el costoso tratamiento que necesita mi madre.
Maikol estuvo a punto de ponerse de rodillas, hasta que Helena lo detuvo por la vergüenza.
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