—¡Doris! —ahogué un grito, corriendo a su lado. Papá me siguió justo detrás.
Doris parecía aterrorizada. Su respiración se había vuelto irregular y el pánico inundaba sus ojos mientras intentaba moverse. Pero no pasó nada. Sus dedos se agitaron débilmente contra la manta, pero el resto de su cuerpo se negó a responder.
—¿Por qué…? —Su voz temblaba descontroladamente—. ¿Por qué no puedo mover mi cuerpo?
Me senté rápidamente a su lado y le tomé la mano con cuidado.
—Oye, oye… tranquilízate —dije